En el Bosque de Pi, vivía una familia de osos: papá oso, mamá osa, y sus tres pequeños. Cada vez que papá oso regresaba a casa, los hijos corrían a abrazarlo, llenando el ambiente de alegría. Juntos, solían salir a pasear por los senderos del bosque, entre cerezas celestes, luciérnagas danzantes, claros de luna y arroyos de agua cristalina.

Juntos, solían salir a pasear por los senderos del bosque, entre cerezas celestes, luciérnagas danzantes, claros de luna y arroyos de agua cristalina.
Sin embargo, había un rincón del bosque que pocos se atrevían a visitar: un lugar de difícil acceso y misteriosa reputación. Se decía que allí crecían árboles altísimos, similares a las araucarias, que guardaban un secreto. Según la leyenda, el Dios Eolo visitaba aquel lugar de vez en cuando, y cuando soplaba, dejaba caer frutos especiales desde las alturas de los follajes. Quien lograra alcanzar uno de estos frutos sería capaz de entonar un canto al unísono con el viento.
La leyenda de los frutos de Eolo era bien conocida por todos, pero la familia de osos nunca había ido hasta ese rincón del bosque… hasta que un día, jugando entre risas y saltos, sin darse cuenta, llegaron al lugar de los míticos árboles.

Se decía que allí crecían árboles altísimos, similares a las araucarias, que guardaban un secreto. Según la leyenda, el Dios Eolo visitaba aquel lugar de vez en cuando, y cuando soplaba, dejaba caer frutos especiales desde las alturas de los follajes.
Papá oso, con su gran corazón de niño, jugaba como uno más con sus hijos. En medio de las risas, se le ocurrió una idea y les propuso:
—¿Por qué no buscamos las semillas mitológicas? Seguro que si removemos un poco la tierra con la punta del pie, podemos encontrar alguna.

—¿Por qué no buscamos las semillas mitológicas? Seguro que si removemos un poco la tierra con la punta del pie, podemos encontrar alguna.
Los pequeños, emocionados, aceptaron la sugerencia y comenzaron a buscar esos supuestos tesoros. Rascaron la tierra, movieron piedras y exploraron alrededor de los árboles gigantescos, mientras el sol se alejaba entre las copas y los últimos rayos iluminaban su aventura.
Tras un buen rato, se escuchó la voz de papá oso exclamando:

—¡Cascabelinas! ¡He encontrado una cascabelina!
Los tres pequeños corrieron emocionados hasta donde estaba papá oso, y lo rodearon expectantes. Papá oso, con suma paciencia y cuidado, abrió la semilla que había encontrado, como si se tratara de una piedra preciosa rescatada de lo profundo de la tierra. Y justo en ese momento, notó que bajo sus pies había más de estas misteriosas semillas. Avisó a sus hijos, y todos se lanzaron a desenterrar más cascabelinas.
Al final de la tarde, habían encontrado varias. El banquete de cascabelinas que compartieron eran de formas irregulares y de colores que no parecían de este mundo. La emoción del momento les nubló el juicio, y sin pensarlo mucho, siguieron comiendo entre comentarios entusiastas convencidos de que al comerlas podrían cantar al unísono junto al viento, y se las tragaron una tras otra.
Caminando de regreso a casa, comenzaron a sentir una extraña sensación en el estómago, que pronto se transformó en un malestar que los obligo a descansar cerca del rio.
—¡Ay, ay, ay, mi pancita! —decían todos, sosteniéndose la barriga.

Caminando de regreso a casa, comenzaron a sentir una extraña sensación en el estómago, que pronto se transformó en un malestar que los obligo a descansar cerca del rio.
Papá oso, un poco avergonzado por la idea que había tenido, trataba de calmar a sus hijos y les daba un poco de agua. Justo entonces, mamá osa, que los había visto a lo lejos, corrió hacia ellos para ver que pasaba. Al llegar y ver la situación, los encontró a todos sentados en el suelo, con las manos sobre sus barrigas adoloridas. Alarmada, preguntó:
—¿Qué ha pasado aquí?
Papá oso le explicó, mientras los pequeños escuchaban, que habían ido al claro de luna a buscar las cascabelinas mitológicas, con la esperanza de poder cantar como el Dios Eolo. Mamá osa, frunciendo el ceño, respondió:
—¿Acaso no saben que en ese claro los turistas suelen comer damascos y duraznos, y dejan sus cuescos por todos lados?
Los ositos, con el rostro de sorpresa, se miraron entre sí, mientras papá oso se rascaba la cabeza, admitiendo su error.
—Creo que las verdaderas cascabelinas ya no existen —dijo con un suspiro—. Lo que nos comimos fue una buena ración de cuescos de frutas.

—Creo que las verdaderas cascabelinas ya no existen —dijo con un suspiro—. Lo que nos comimos fue una buena ración de cuescos de frutas.
Una vez que el dolor de estómago finalmente pasó, la familia se reunió alrededor de la chimenea, cada uno con una taza de té caliente entre las manos, disfrutando del calor que les devolvía la calma. A medida que el crepitar del fuego llenaba el silencio, las sonrisas comenzaron a surgir, suaves al principio y luego a carcajadas.
No podían creer que, al masticar aquellas “semillas míticas”, se hubieran ilusionado con la idea de alzar la voz y entonar un canto majestuoso al unísono con el viento, hasta alcanzar las notas del propio Dios Eolo.
Esa noche, en el Bosque de Pi, la cabaña se llenó de risas mientras recordaban su fallida aventura.
No hubo ningún canto celestial junto al viento, más bien, una sinfonía de lamentos destemplados y el amargo sabor que aún les quedaba en la boca.
La leyenda mitológica y la ironía de la situación trascendió el tiempo, y en cada sorbo de té y en cada risa compartida, recordaban que, aunque no lograron ser los cantores del viento, al menos se habían convertido en protagonistas de una anécdota inolvidable.

Aquella noche las risas llenaron la cabaña, al recordar cómo habían querido entonar un canto celestial junto al viento y lo único que lograron fue una sinfonía de quejidos y aullidos desafinados a causa del dolor de estómago.
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